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LOS GIRASOLES CIEGOS Alberto Méndez
La palabra tiene la virtud inmensa de reflejar la hondura humana como un espejo que proporciona la imagen paralela, pero contraria. Mi mano izquierda es la derecha del que me mira, idéntico, desde el otro lado del cristal. Somos iguales, pero opuestos.
En “Los girasoles ciegos” encontramos un enorme espejo de palabras, de inquietantes y espléndidas palabras por las que su autor, Alberto Méndez, realiza un retrato devastador y a la vez tierno, de una de las miserias más execrables de la condición humana, su propia autodestrucción, la del cuerpo y la del alma, en una misma contienda absurda y demencial.
“Soy un rendido”; con esta frase escueta y directa, uno de los personajes identifica todo el pensamiento del autor, el trágico resumen del final de una guerra no ganada por nadie, derrotada por todos y para todos.
El capitán Alegría (en cuyo apellido encontramos un lado del espejo), no es un derrotado, es un rendido, porque la derrota es ajena, es la rémora de los que no sacian su sed de muerte sólo con la victoria, sino, cómo el mismo personaje llega a confesar en un momento determinado, “no queríamos ganar la cruzada gloriosa; queríamos matarlos” .
La destrucción por la destrucción, el odio por el odio, la muerte por la muerte. Nada más.
Y Carlos Alegría muere dos veces, renace de la tierra con la cicatriz sangrante de la tristeza y es obligado a mendigar una segunda muerte más austera y cierta. Tal vez su pecado era no haber participado en la carnicería, haber sido un observador taciturno y ensimismado de aquella masacre inútil. Y cuando tiene certeza de que la derrota última no sería la última derrota, que aún quedaba más muerte y más miseria (la peor de las muertes y las miserias, la de la venganza), decidió, casi involuntariamente, ser un rendido. ¿Y dónde puede rendirse uno mejor a la vida que en las mismas puertas del infierno?, en el filo enhiesto de la guadaña a punto de hundirse en la carne y la sangre de los vencidos.
La derrota. Singular palabra que deambula por los textos de estas narraciones sin control ni piedad. La derrota, cómo una esfera que rueda eternamente, empujada por la desdicha humana, recorriendo todas las sendas y todas las casas. La derrota, la de los vencidos y la de los vencedores, la misma inútil y sangrienta derrota. Ese es el secreto de estas palabras escritas con sabia selección, con hermosa literatura. No hay otro lugar a dónde ir en cada relato que no sea un lugar derrotado. La guerra y sus heridas nunca paran de sangrar, ni de olvidar. A veces ni de perdonar (es el perdón tan grotesco como la derrota, incluso como la muerte).
La libertad. La de elegir tu vida o tu muerte. La que se enjaula entre barrotes de hierro o de nieve. Entre el fétido olor de los moribundos condenados, o la que se esconde en la ventisca de la montaña y la soledad.
La libertad de Carlos Alegría para elegir matar o ser muerto. La que le impulsa a rendirse de nuevo y pegarse un tiro con un arma robada a los verdugos, incapaces de atinar con su muerte, torpes para impedir su rendición y su derrota.
La libertad de Eulalio Ceballos para elegir la frugal muerte de Elena o la exigua vida del hijo. Para huir de una muerte futura a una muerte franca, o vivir los últimos días en la trinchera de la desesperanza y la incertidumbre.
El miedo. El miedo de no ser. El de no encontrar el lugar ni el momento de la huida. El miedo de vivir incluso al lado de la muerte. Del frío invierno en dónde pasan el invierno los inviernos. En dónde pastan las vacas las raíces crepitadas de la nieve. Dónde la calavera asoma su hocico de hambriento furor desde la mejilla enjuta del hijo moribundo.
El miedo por el silencio, el miedo por la mentira. El de bajar al valle, al pueblo y encontrar la muerte que también nos espera en este roncal de fríos y hambre y miseria y lobos fieramente humanos y vacas sin leche, ni carne, ni huesos, ni cabeza.
El miedo al nombre. Al nombre de la piedad. A nombrar y poner palabras en el sentido de una vida que late fugaz y caprichosa en los ojos enormes y cálidos, y oscuros, del hijo. A tocar su piel fugaz y transparente. Miedo a escribir en la piedra el nombre de Elena, pos si su identificación pudiera ser mañana una nueva derrota, cuando ni tan siquiera se merecía esta derrota de la muerte en la vida, o de la vida que suplanta a la muerte y se queda allí gimiendo de hambre y de calor ausente. Que está palpitando frente a un corazón paralizado, el corazón de la madre y de la amada. Y llora, y se crispa hasta caer derrotado por el agotamiento y el silencio, y el miedo…
El miedo a la verdad, esa que está enjaulada entre las rendijas de la rendición. La verdad que subyace bajo los pliegues del alma y que sólo asoma su mordaz rostro cruel cuando uno se rinde ya sin miedo y sin muerte.
Juan tenía la verdad entre sus manos, pero también tenía la vida entre su mentira, esa gran mentira que era vivir una hora más bajo el techo infecto de la muerte.
La mentira. La dulce mentira de las viudas, los huérfanos, las novias embarazadas, las madres sin consuelo, los juicios sumarísimos, las listas de condenados y la de los por condenar. La mentira de las liendres, de las pústulas, la de los dieciséis años y la de los suicidas desesperados. La mentira de la segunda galería y la de la cuarta galería (semejantes pero opuestas).
Y Juan mentía para pervivir un día más, para poder terminar la carta cuya verdad también era una mentira cuyo destino incierto tenía la certeza de la censura, la falsedad de las palabras tachadas, de las vidas derrotadas.
Pero Juan también se rindió. Como se rinde la tristeza ante la injusticia. Porque ser un rendido es la única libertad que le queda al moribundo. Ser un rendido es la única verdad que puede vencer al miedo. Rendirse y decir la verdad, esa que hiere como un cuchillo y atraviesa el corazón deshojado de la esperanza, y se nutre de la sabia porosa que el tiempo va inoculando en el alma destrozada de la madre.
Y con la verdad, se encuentra la muerte que tanto nos esperaba y que ya es necesaria, porque ya cansa esta vida de esperas, esta vida de pasillos y celdas, de hombres moribundo, del hedor de las heridas, de los piojos y los adolescentes que no se rinden, que añoran la empuñadura de la lascivia y admiten que la vida les persigue hasta la muerte sin remisión. Y suben a los camiones infectados de cadáveres en silencio, y se apiñan y se abrazan en un último estertor de fusiles que se disparan al amanecer de las tapias y los cementerios. Y sólo queda la muerte, la inefable ternura final de la muerte.
La ternura. Esa que escava entre los cuerpos inanes y desangrados para descubrir que la tierra nos redime de nuevo. Placenta de barros y frío hasta la vertiginosa procesión de una nueva vida regalada o herrada, y que deja una cicatriz deslumbrante entre el abrazo de la rendición y la evidencia de la derrota.
La ternura. Esa que nos visita cuando ya tañen las campanas de la muerte, y nos hace pintar besos en dónde antes no había ni labios para besar. Y besar la cálida procesión de la fiebre, y ponerle nombre al cadáver incorrupto de la ternura. Rafael cien veces y más. Y otro día páginas llenas de Rafael, y antes el nombre de Elena que susurra junto al de Rafael, y ya son un mismo nombre, una misma muerte, una idéntica rendición.
La ternura. Y Juan que llora de dolor y de ira, y de Eugenio subiendo al camión de los fusilados, los de la cuarta galería. La ternura de contar historias en noches de miedo y mentiras. La ternura del amante encuentro entre los amantes sorprendidos por el toque de queda. Y este es un juego al que a veces, también, se pierde, o se rinde…
La ternura de Carlos Alegría ante el trasiego de los derrotados. La ternura de sus inútiles esfuerzos para ser rendidos sin remisión. La de la ciudad sitiada. La de los papeles, la de contar fusiles, entregar municiones, la de ser anfitrión de la esencia misma de la muerte. Y tener piedad de la vida ciega de los que no saben matar más a que sí mismos.
La ternura de mirar con sosiego la herida en la tierra, la sangre ajena o la propia resistiéndose a la sepultura, y resucitar y vagar en busca de la ternura final del hogar, del pueblo pequeño y esquivo en dónde se nació la vez primera.
La ternura de Eulalio Ceballos Suarez que escribió, cuando tenía dieciocho años, veintiséis páginas de ternura, miedo, vedad, libertad y derrota. “Infame turba de nocturnas aves”.
A veces, descubrir cuan descabellada es la vida, y cuan desmesurada la palabra. Esa que nos escribe Alberto Méndez entre los girasoles ciegos. Que nos redacta como el mensaje de los rendidos y los afectos de los desterrados. La elocuencia del valor literario de las narraciones y las historias contadas y por contar.
A partir de ahora, entre mis libros predilectos, estará, sin remisión, la hermosa y devastadora palabra de este relato de la inhumanidad. |
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